Perdón, papá

32756

Me tomé el atrevimiento de escribir estas líneas inmerso en una calentura que hacía mucho no sentía. Por eso, y antes que nada, me quiero disculpar con vos, el culpable de lo que me pasa. Quizás seas el único de la familia que me entienda. Por ahí el abuelo, que se yo. Sin embargo, hoy te tengo que pedir perdón.

Vos me enseñaste a amar y a defender estos colores. Me enseñaste, también, a festejar cada uno de los goles. Gritarlos como si fueran los últimos y buscarte para unirnos en un abrazo cómplice. Y también me advertiste que no me duerma sobre los laureles cuando el equipo agarra una rachita de buenos partidos.

Hasta ahí el cuento es muy lindo. Pero esto de lidiar con las derrotas te lo juro que no me sale, no lo puedo asimilar. Admiro cómo vos lo hacés a tus 50 y pico. Quizás es la experiencia o la vida misma. Yo todavía no puedo, y eso que en estos 25 años me pusiste a prueba muchas veces: eliminaciones, alguna que otra derrota en un clásico y hasta un descenso.

Siento que me malacostumbraste, vos y esa historia que decía que hace un tiempo hubo un Rey que se vanagloriaba por sus hazañas, sus copas y su riqueza. El respeto que había adquirido por sus victorias en tierras ajenas y las vueltas olímpicas en la mítica Doble Visera. Éramos campeones de América y del mundo. Pero el tiempo pasó y hoy sólo quedan algunos resabios de ese prestigio. Perdón papá, pero me cuesta creerte todo eso.

Si fuera cierto, ¿por qué ahora nos cuesta tanto ganar? En mi memoria tengo un par de títulos y una innumerable cantidad de decepciones. ¿Exagerado yo? No, vos me inculcaste esto. Y cada derrota es una decepción, porque cuando ganamos sé lo bien que la pasamos volviendo juntos caminando por Alsina o sentados en la cocina hablando de los pormenores que nos deja cada partido.

Te recuerdo que vos me enseñaste que hay una sola cosa a la que no podemos serle infiel: al escudo, pa. Él siempre va a estar ahí y oficiará de salvoconducto el día que, momentáneamente, nos separemos. Y aunque vos me quieras consolar con tu característico “tranquilo macho, el fútbol siempre da revancha”, te pido perdón. No puedo estar tranquilo mientras veo como volvemos a quedar afuera de una nueva copa. De nuestras copas. Ya perdí la paciencia.

En fin, vos sabés que estas angustias que sólo unos pocos entienden se curan ganando el próximo partido. Porque vos papá me inculcaste esta identidad. Pero no me pidas que me tranquilice y aguante hasta el domingo porque no te voy a hacer caso. Perdón, papá pero nosotros somos Independiente, el Rey de Copas.